ENSAYO–REFLEXIÓN PASTORAL: LA UNIDAD DE LA VIDA: EL DESAFÍO DE UNA EXISTENCIA INTEGRADA EN EL SERVICIO

 Nota aclaratoria

El presente texto no pretende ser un artículo académico ni una exposición sistemática de autores, sino una reflexión personal de carácter pastoral, nacida de la experiencia comunitaria y del diálogo con la teología contemporánea. Las ideas aquí desarrolladas recogen intuiciones y enfoques de diversos autores, reinterpretadas desde un contexto concreto de servicio eclesial y vivencia comunitaria.


Introducción: El Mito de la Vida Fragmentada

En el quehacer diario de nuestra comunidad, solemos caer en la trampa de considerar nuestra existencia como una serie de compartimentos aislados. Actuamos como si nuestra vida moral se jugara en un tablero, nuestra espiritualidad en otro y nuestras responsabilidades cotidianas en uno totalmente distinto. Sin embargo, la teología pastoral contemporánea nos hace un llamado urgente a la unidad. Como sostenía Ignacio Ellacuría, la fe no es un refugio para evadir el mundo, sino la herramienta fundamental para "hacerse cargo de la realidad". 

No se puede ser un cristiano comprometido en la Sede y un ciudadano indiferente o falto de ética en la calle. Esta falta de integración es lo que el psicólogo Viktor Frankl señalaba como una pérdida de sentido: cuando desconectamos lo que hacemos cada día de nuestro propósito trascendente, el cansancio se vuelve crónico y el servicio se siente como una carga. 

Esta desconexión ignora una verdad fundamental: el ser humano es, por naturaleza, un ser racional y social. No somos islas; nuestra razón nos pide coherencia y nuestra sociabilidad nos empuja al encuentro. Por tanto, el papel del catequista y del animador no es solo "dar un tema", sino ser el puente donde esa racionalidad y esa vida social se encuentran con Cristo en el hoy de nuestra historia. 

Como nos recuerda la constitución Gaudium et Spes, los gozos y las esperanzas de los hombres son los mismos de los discípulos de Cristo. Por ello, este ensayo busca explorar cómo el servicio es el hilo que debe unificar cada fragmento de nuestra historia personal a través de las siguientes crónicas.

I. La Aurora: El Despertar de la Conciencia ante el Ruido del Mundo

En los bancos de nuestra Sede, a menudo vemos a jóvenes como Mateo. A sus catorce años, su realidad cotidiana es un torbellino de estímulos; su pulso late al ritmo de las notificaciones de su celular y la presión de un entorno escolar que a menudo ridiculiza la fe. Mateo vive lo que la psicología identifica como la crisis de identidad: el deseo de pertenecer frente al miedo de ser juzgado. Su dilema moral es la autenticidad: ¿cómo mantener la honestidad y la pureza de corazón en un mundo que premia la apariencia y el éxito inmediato? Su vida espiritual suele ser un terreno seco, donde Dios parece un concepto lejano frente a la gratificación instantánea de una pantalla.

Aquí es donde la Escatología y esperanza cristiana de Juan Luis Ruiz de la Peña ilumina su camino. Mateo no es solo el "futuro" de San Dimas, es un "presente de salvación" que desafía nuestra propia comodidad. Su servicio, aunque sea ayudar en el coro o en la logística, es su manera de decir que su vida no está dividida. 

Como explicaba el Padre Víctor Caviedes, la catequesis con jóvenes no puede ser solo dictar normas; el catequista debe "ganar el corazón" de Mateo para que él descubra que los valores del Reino son los que unificarán su estudio y su alegría. El desafío de Mateo es integrar su fe en sus redes sociales, en sus tareas y en sus amistades, entendiendo que el mismo Dios que lo ama en la Eucaristía es el que le pide ser luz en el instituto.

II. La Fragua: La Tensión del Compromiso en medio del Cansancio

Al caer la tarde, Valeria llega a la reunión de animadores de la comunidad. Tiene veintiséis años y su rostro refleja el agotamiento de una jornada de ocho horas en ventas, sumada a la presión de sus exámenes universitarios. Su realidad cotidiana es la lucha por el tiempo y la escasez de recursos en la Sede: mobiliario antiguo, falta de proyectores y, lo más doloroso, el desinterés de muchos padres que ven la catequesis como un "parqueo" para sus hijos. El dilema moral de Valeria es la priorización y la coherencia: ¿cómo ser misericordiosa en un trabajo que le exige competitividad agresiva? ¿Cómo dar un "sí" alegre en la parroquia cuando su cuerpo le pide descanso?

Valeria encarna el desafío de la vida integrada en su punto más crítico. Según Leonardo Boff en Eclesiogénesis, la Iglesia se reinventa desde la base a través del "Cuidado". Al ser animadora, Valeria no está realizando una tarea administrativa; está ejerciendo un ministerio que sana su propia alienación laboral. ella es una "hermana mayor" en su comunidad de fe: cuya misión es acompañar y acrecentar la fe de los demás.

Como enseña Julio Ramos, la acción pastoral es la mediación donde la fe ilumina la fatiga. Valeria integra su vida cuando comprende que su trabajo ético es también una forma de oración, y que su servicio en la Sede es el oxígeno que le permite no perder su humanidad en medio del sistema económico.

III. El Poso: La Sabiduría de la Fidelidad ante la Ausencia

En la penumbra de la Sede, Don Carlos observa el caminar de los más jóvenes con una mirada cargada de memoria. A sus setenta años, su realidad cotidiana está marcada por la limitación física y el dolor de las ausencias. Ha visto a muchos "pilares" de la comunidad retirarse y ha sentido la amargura de ver cómo el proceso catequético se interrumpe después de los sacramentos por falta de apoyo familiar. Su dilema moral es la resiliencia frente al cinismo: la tentación de creer que nada de lo que hizo valió la pena al ver los bancos vacíos. Su crisis espiritual es la sensación de inutilidad en un mundo que solo valora la rapidez.

Sin embargo, Don Carlos es el "sacramento de la fidelidad", como diría Casiano Floristán. Su servicio hoy consiste en la fuerza de su presencia. La "dialéctica de la ausencia" nos enseña que los vacíos que otros dejan son invitaciones a una oración más pura y a un testimonio de permanencia. El  catequista y el animador es alguien "ganado por la persona de Cristo". Don Carlos demuestra a Mateo y a Valeria que la fe no es una emoción pasajera de las etapas de la vida que pueden considerarse complicadas: adolescencia, juventud, adultez  sino una vida entera unificada. Su mayor pastoral es su propia historia: al perdonar las faltas de caridad que ha presenciado y al seguir presente a pesar de sus dolores, demuestra que la unidad de la vida es el fruto final de una fe que ha sabido abrazar tanto la cruz como la esperanza.

Reflexión Final: El Compromiso de Encarnar a Cristo

Es aquí donde el servicio cobra su significado más alto. El catequista y el animador no son meros transmisores de datos; son personas llamadas a encarnar a Cristo. Es el mismo Cristo que se hace presente en la historia: en el hoy, en el mañana y en el futuro. Porque Dios nunca deja de estar; somos nosotros quienes, a veces, nos alejamos. Vivimos el Cristo de la fe, pero estamos llamados a personificar al Jesús histórico, aquel que caminó entre nosotros y sufrió nuestras mismas fatigas. Ahí es donde la verdadera pastoral cobra vida.

Queridos catequistas y animadores: si bien se les denomina así para diferenciar la cualidad de su carisma, al final todos ejercen la función de lo que en teología denominamos Agentes de Pastoral. Pero este título es solo el inicio. Se trasciende cuando la persona, madurando en su fe y aceptando sus cualidades aún imperfectas, y aun sabiendo que dentro de este camino se sigue perfeccionando día tras día, se vuelve más consciente y se anima a dar ese paso hacia un discipulado más profundo. Es un compromiso que nace de reconocer que no somos perfectos, pero que estamos llamados a servir más ampliamente allí donde hay necesidad, convirtiéndose en un puente entre Dios y su pueblo. Aunque todas las fuerzas vivas de la Iglesia deberían estar llamadas a esta entrega, es natural que esta llama brote con especial fuerza de ustedes, catequistas y animadores, como motores de la comunidad. No olviden que, independientemente de sus edades, ustedes son teólogos y teólogas; porque el teólogo no es solo el que estudia, sino aquel que trata de llevar la fe y la comprensión de ella a los demás.

Guion para el Momento de Interiorización y Cierre

I. Las Preguntas (Ojos Cerrados) Pídeles que cierren los ojos, respiren profundo y visualicen a esa persona querida (familiar, amigo o alguien que ya no está). Lanza las preguntas con pausas:

  1. La Carga Real: "Mira a esa persona a los ojos y confiesa lo que has callado: ¿Qué es lo que más te ha pesado a lo largo de tu caminar terrenal y espiritual? ¿Es el estrés de los estudios, la presión de las deudas en casa, o ese malestar físico que te quita las fuerzas? Díselo: 'Me siento agotado por esto...'. Siente cómo te escucha con un amor absoluto."
  2. La Coherencia: "Pregúntale a ese ser querido: '¿Crees que soy el mismo aquí sirviendo que cuando estoy en la calle, en el trabajo en la institución educativa o con la familia ?'. Piensa en esos momentos donde te ha dado miedo o vergüenza mostrar tu fe. Deja que esa persona te acepte así, con tus cualidades imperfectas."
  3. El Orgullo del Servicio: "Imagina que te toma de las manos y te dice: 'Sé que te falta el dinero, sé que te duele el cuerpo, te sientes cansado y que te sientes solo... pero estoy tan orgulloso de que, a pesar de todo eso, sigas intentando encarnar a Cristo en los demás'. ¿Puedes sentir que tu servicio es el mejor 'gracias' que le das a Dios por tu vida?"
  4. El Desahogo: "Dile aquello que no te atreves a decir en la comunidad por no parecer 'débil'. Tu miedo al futuro o tu frustración. Siente su abrazo. ¿No sientes que, al compartir esto, tu fe se vuelve más real y humana?"

II. Palabras de Cierre (Antes de abrir los ojos) "Hermanos, mantengan esa imagen en su mente. Ese abrazo que recibieron es la prueba de que no estamos solos: somos seres sociales y racionales que necesitan del otro para encontrar a Dios.

Hoy les digo: no hay fe verdadera si nuestra vida está rota. El mismo Cristo que personificamos en el servicio es el Jesús histórico que conoce nuestro cansancio, nuestras deudas y nuestras enfermedades. Él no nos pide perfección, nos pide integración.

Ahora, con esa paz en el corazón, abran sus ojos lentamente. Si alguien desea compartir lo que experimentó, el círculo está abierto; y si prefieren guardarlo en la intimidad, escríbanlo en  papel. 


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